La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Ahora bien, por aquel año, según decían los que lo habían frecuentado, la fe en las doctrinas de la Magia, del Espiritismo y del Magnetismo y, sobre todo, del Hipnotismo, había alcanzado el máximo de intensidad en mi pobre amigo. Las sugestiones que pretendía que podía inculcar a los que pasaban eran capaces de alarmar y llevar hasta el horror. Sostenía con aplomo teorías que ponían los pelos de punta, en toda la monstruosidad de la expresión.
Hacía sus delicias con Elifas Levi, con Raimundo Lulio, Mesmer y Guillaume Postel, el dulce monje de la Magia negra. Me citaba al abad astrólogo Tritheme, R. C. Juraba sólo por Aureolo Teofrasto Bombasto, llamado el «divino Paracelso». Gaffarel y el popular Swedenborg le encantaban hasta el delirio y pretendía que el infierno de purificación, analizado por Reynaud, era más que racional.
Los modernos, Mirville, Crookes, Kardek, le sumían en profundos ensueños. Creía en los resucitados de Irlanda, en los vampiros valacos, en el mal de ojo; me citaba pasajes extraídos del quinto volumen de la mística de Górres, para apoyar sus proposiciones.
Pero lo que era más abracadabrante es que Lenoir era un hegeliano enragé y muy entendido: ¿cómo lo compaginaba?