Antes de Adán
Antes de Adán A veces recuerdo la Horda a la hora del crepúsculo, hora quieta y callada. Desparramada por los abrevaderos hasta los campos de las zanahorias y los pantanales de las bayas, se reunÃa en el llano extendido delante de las cavernas. No osaba retardarse más allá de esta hora, porque las tinieblas se aproximaban y el Mundo se abrÃa a la crueldad de los animales carniceros, mientras que los precursores del hombre se ocultaban tiritando en sus agujeros.
Aun nos quedan unos minutos antes de que emprendamos la ascensión a las cuevas del escarpado. Estamos cansados del juego del dÃa y apagamos nuestros gritos. Hasta los pequeñuelos, aun ganosos de broma y travesuras, juegan con cierto cuidado. Se han dormido las brisas del mar y las sombras su esparcen con el último destello del Sol moribundo. Y entonces, de repente, surge de la caverna de Ojo Bermejo un grito de llanto y el ruido de los golpes. Está apaleando a su mujer.
Primero nos sobrecoge un silencio pavoroso. Pero como los golpes y los gritos continúan prorrumpimos en una algarabÃa, de rabia impotente. Es indudable que los hombres sienten la ofensa de aquellas brutalidades de Ojo Bermejo, pero están demasiado acobardados. Cesan al fin los golpes y el ahogado lamento se pierde poco a poco, mientras que procuramos aturdirnos con nuestras charlas. La noche se extiende sobre el paisaje.