Antes de Adán
Antes de Adán Nosotros, para quienes casi todas las cosas eran motivos de broma, no reíamos nunca cuando Ojo Bermejo maltrataba a sus mujeres. Conocíamos demasiado bien la tragedia de las desventuradas, Más de una mañana, en lo profundo de los peñascales, encontramos el cuerpo exánime de su última esposa. La había arrojado allí, desde la boca de la caverna, después de matarla. Nunca enterraba a sus muertos. Dejaba a la Horda el cuidado de llevarse los cadáveres, que de otra suerte hubieran mancillado nuestras moradas. Acostumbrábamos a lanzarlos al río, más allá del último abrevadero.
Pero no sólo mataba a sus mujeres Ojo Bermejo, sino que asesinaba también para proporcionárselas. Cuando necesitaba una nueva esposa, elegía la de otro hombre y lo mataba inmediatamente. Yo mismo vi dos de estos asesinatos. Toda la Horda lo sabía, pero nada podía hacer. Aún no habíamos desarrollado ningún sistema de gobierno; teníamos solamente algunas costumbres y dejábamos caer nuestra ira sobre aquellos que las violaban. Así, por ejemplo, si alguien manchaba los abrevaderos, podía ser atacado por cualquiera que lo viese, y si alguno daba un falso grito de alarma, se convertiría en el blanco del mal trato de nuestras manos. Pero Ojo Bermejo pisoteaba todas nuestras costumbres, y tanto le temíamos, que nunca nos atrevimos a una acción colectiva necesaria para castigarle.