Antes de Adán
Antes de Adán Pero continuemos nuestra historia. Cuando nos pusimos a jugar después del almuerzo, Oreja Caída me persiguió a través de los árboles hacia el río. Una gran laguna extendía por allí sus aguas estancadas e inmóviles. Sobre estas muertas aguas se entrecruzaba una masa de troncos secos y desramados, algunos por efecto de las riadas y, otros por haber estado encallados muchos años en los bancos de arena. Flotaban en las aguas y se balanceaban; ascendían, descendían o rodaban cuando nos apoyábamos en ellos.
Había diseminados por aquí y por allá, entre los troncos, hendeduras llenas de agua donde nadaban con incierto rumbo pececillos de río. Oreja Caída y yo nos hicimos inmediatamente pescadores. Tumbados sobre los leños permanecíamos completamente inmóviles panza abajo, esperando a que los pececillos se acercaran, y entonces hacíamos un movimiento rapidísimo con la mano para cogerlos. Y en cuanto cogíamos nuestras presas nos las comíamos sin demora, vivitas y coleando, húmedas todavía, sin que echáramos de menos la falta de sal.