Antes de Adán
Antes de Adán Yo fui el primero en encontrar a un hombre de los Árboles. Era un anciano marchito y, rugoso, de ojos pitañosos y rostro encarrujado, que se movía vacilante. Una presa segura y legítima. En nuestro Mundo no existía gran simpatía entre los semejantes, y él ni siquiera era semejante nuestro. Era un hombre de los Pueblos de los Árboles, y, además, muy achacoso y, envejecido. Estaba sentado al pie de un árbol, sin duda su propio árbol, porque se percibía, colgado entre las ramas, el nido donde pasaba las noches.
Hice señas a Oreja Caída y nos abalanzamos hacia él. Sobresaltado, comenzó a trepar muy despacio, por el peso de la edad. Lo cogí por la pierna y arrastrándole le hice caer al suelo. Entonces tuvimos la gran diversión. Le pinchábamos, le tirábamos del pelo, le retorcíamos las orejas y le azuzábamos con ramas, riéndonos tanto, que los ojos se nos llenaban de lágrimas. Su inútil cólera resultaba lo más absurdo del Mundo. Era cómico el verle cómo se esforzaba en resucitar la energía perdida en el curso de los años. Haciendo carantoñas de dolor en lugar de los feroces gestos que intentaba le rechinaban los gastados dientes y golpeaba su miserable pecho con sus débiles puños.