Antes de Adán
Antes de Adán Únicamente me había olvidado de los perros salvajes, que eran lo suficientemente pequeños para pasar por cualquier pasadizo que me permitiera deslizarme a mí. Una de las noches noté que me olfateaban. Si hubieran entrado los perros al mismo tiempo por ambos extremos del pasadizo me hubieran atrapado indudablemente. Perseguido por uno de ellos a través del pasadizo, tuve que salir al exterior, donde husmeaba el resto de la cuadrilla de perros salvajes. Se lanzaron sobre mí, mientras que yo comenzaba a trepar por el escarpado. Uno de ellos, enjuto y hambriento, me mordió en pleno salto, hincándome el diente en los músculos del muslo, y por poco me hace rodar, arrastrándome hacia abajo de los riscos. Se mantenía bien agarrado, pero no hice ningún esfuerzo para que se soltara, y dediqué todas mis energías en trepar fuera del alcance de los demás brutos.
Hasta que no estuve a salvo no me preocupe del vivo dolor que sentía en el muslo, y entonces a cuatro metros por encima de la gruñidora cuadrilla que saltaba, arañaba contra el muro y rodaba por él cada vez que intentaba trepar, así al perro por la garganta y lo estrangulé. Tardé algún tiempo en hacerlo. Me clavó sus garras y me rasgó la piel con las patas traseras, dando espantosos latigazos con todo el cuerpo para arrastrarme muro abajo en sus sacudidas.