Antes de Adán
Antes de Adán ¿Qué veríais en la amistad de Oreja Caída, en la cálida mirada de mi Dulce Alegría o en la lujuria y atavismo de Ojo Bermejo? Una incoherencia aturdidora, no más. Y una aturdidora incoherencia serían también para vosotros las gestas de los Hombres del Fuego, de los Pueblos de los Árboles y el guirigay de los ruidosos concilios de las hordas. Porque ignoráis la paz de las cuevas frías de los peñascales y los círculos que se formaban en los abrevaderos al caer del día. No habéis sentido nunca la mordedura del viento matinal en las copas de los árboles, ni es dulce a vuestro paladar el sabor de las cortezas tempranas de los troncos.
Me atrevo a decir que será lo mejor que os lleguéis a esta historia, como yo mismo lo hice, a través de mi infancia. Cuando niño, era yo muy semejante a los demás niños en mis horas de vigilia. En mis sueños es donde estaba la diferencia. Mis sueños, hasta donde llegan mis más lejanos recuerdos, eran periodos de terror. Raramente los coloreaba la felicidad. Casi siempre eran un entretejido de miedo, tan extraño y ajeno, que no hay medio de ponderarlo y describirlo. Ninguno de los terrores de mi vida diurna se parecía en lo más mínimo a los que se apoderaban de mí en las horas de sueño Su especial carácter y cualidad rebasan todas mis otras experiencias.