Antes de Adán
Antes de Adán Por ejemplo, yo era un chico de la ciudad, un niño, para quien era el campo un reino inexplorado y desconocido. Sin embargo, nunca soñaba en ciudades; ni una sola casa se presentó jamás en mis sueños. Ni siquiera un solo ser humano —y esto es lo más notable— rompió el espeso muro de mi dormir. Yo que había visto árboles sólo en los parques y en los libros ilustrados, correteaba en mis ensueños por interminables selvas vírgenes, y además, no eran manchas más o menos borrosas e indecisas los árboles de mis visiones, sino cosas definidas, claras y resaltantes. Íntimamente los conocía, por así decirlo; percibía cada una de sus ramas y brotes, cada una de sus múltiples hojas.
Me acuerdo perfectamente de la vez primera que percibí un roble en mi vida. Cuando contemplaba sus hojas, sus ramas, sus nudosidades, sentí con angustiosa intensidad que había visto la misma clase de árboles innumerables veces en mis sueños. Así que no me sorprendió más tarde el que pudiera reconocer, al verlos por vez primera, árboles como el abeto, el tejo, el abedul o el laurel. ¡Ya los había visto antes! ¡Los veía aún, todas las noches, al dormir!