Antes de Adán
Antes de Adán Como habréis comprendido, todo esto rompe la primera ley del ensueño: esto es, que en los ensueños no se ve más que lo que ya se ha visto estando despierto o combinaciones de eso mismo. Pero todos mis ensueños violaban esa ley. Nunca veía en ellos cosa alguna que pudiera haber conocido en mi vida normal. Mi vida, dormido y despierto, eran dos vidas separadas y distintas, sin más relación entre sí que yo mismo. Yo era ese misterioso lazo en que se unían ambas vidas.
En mi más temprana infancia, se me enseñó que las nueces procedían del tendero y las bayas del frutero; pero mucho antes de esto, había arrancado nueces de los árboles en mis sueños, o las había recogido del suelo, bajo sus copas, para comérmelas, y de la misma manera devoraba las bayas de las cepas y matorrales. Todo esto trascendía a mis experiencias normales.
Nunca me olvidaré de cuando, por vez primera, vi servir a la mesa un plato de fresas. No las había visto nunca, y sin embargo, brotaron en mi alma, al contemplarlas, recuerdos de sueños en que yo vagaba por países pantanosos comiéndolas hasta hartarme. Mi madre me sirvió un plato de postre lleno de fresas; llené la cucharilla, pero antes de llevarlas a la boca, ya sabía yo cuál sería su sabor. Y no me equivoqué. Era el mismo sabor intenso que había gustado mil veces en mis sueños.