Antes de Adán

Antes de Adán

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Era el viejo Diente de Sable. Le había despertado en su cubil el rumor de la refriega, y acudió sin que nos diéramos cuenta de ello. Dulce Alegría se encaramó al árbol inmediato al mío y me uní a ella enseguida. La rodeé con los brazos y la apretujé contra mi pecho, mientras que ella lloraba desconsoladamente. Del suelo venía un gruñido y un crujir de huesos. Era que Diente de Sable estaba devorando los restos de lo que había sido Cara Grande. Más allá, Ojo Bermejo miraba fijamente entre el reborde de sus inflamados ojos. Había encontrado un monstruo mayor que él. Dulce Alegría y yo huimos entre los árboles, camino de nuestra caverna, mientras que la Horda se amontonaba en las copas más altas, por encima de su viejo enemigo Diente de Sable, arrojándole un chaparrón de ramas y tallos secos. El tigre restallaba la cola y gruñía, pero continuaba devorando.

Y así fue como nos salvamos: por un mero accidente de la más pura casualidad. De otro modo, hubiera perecido entre las garras de Ojo Bermejo y no hubiera existido el puente que enlaza todo aquello con un descendiente que lee periódicos, monta en trenes eléctricos y, ¡ay!, escribe narraciones de sucesos desvanecidos en el pasado, como ésta, por ejemplo.


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