Antes de Adán
Antes de Adán
Comenzamos a lanzar piedras sobre los Hombres del Fuego, que se habían reunido al pie del peñascal. Nuestra acometida logró aplastar a algunos de ellos, porque cuando se retiraron, quedaron tres o cuatro tendidos en el suelo. Allí se retorcían y forcejeaban, intentando arrastrarse lejos de los riscos; pero no se lo permitimos. Los varones rugíamos airados y hacíamos llover piedras y más piedras sobre los Hombres del Fuego que yacían al pie del muro. Algunos intentaron arrastrarles a sitio seguro; pero nuestros peñascos hacían retroceder a los rescatadores.
Los Hombres del Fuego comenzaron a encolerizarse. También ellos se volvieron precavidos. A pesar de sus alaridos de ira, se mantenían a prudente distancia, y lanzaban granizadas de flechas sobre las cavernas. Esto fue lo suficiente para que cesáramos de arrojar peñascos. Ya media docena de los nuestros habían muerto y muchos estaban heridos; el resto nos retiramos al interior de las cavernas. Yo no estaba fuera de su alcance en mi alta cueva, pero la distancia era suficiente para inutilizar la efectividad de los disparos; así es que los Hombres del Fuego no malgastaban sus dardos contra mí. Además, tenia curiosidad y deseaba ver. Mientras que Dulce Alegría permanecía en lo más hondo de la caverna, temblando de miedo y prorrumpiendo en gemidos porque yo no quería entrar y seguía observando agazapado a la entrada.