Antes de Adán
Antes de Adán Mi segunda escuela, en San Mateo, donde quise aprender algo más, era un guirigay. SolÃamos sentarnos los alumnos de cada clase en nuestro banco correspondiente, pero la mayor parte de los dÃas no llegábamos a hacerlo siquiera, porque el maestro venÃa borracho como una cuba. Entonces, los chicos mayores le zurraban. Pero el maestro, a su vez, la emprendÃa con los pequeños. Asà terminaba la clase, sin haber comenzado siquiera. Puede imaginarse cuánto debà aprender en una escuela semejante. Todos los mÃos, mis familiares lo mismo que mis amigos, carecÃan en absoluto de ideas, gustos y refinamientos literarios. Tan sólo mi abuelo habÃa llegado a ser escribiente, ya que no escritor. Era galés y en sus montañas le llamaban «el padre Juan», debido a su interés y su ánimo en dar a conocer los evangelios.
La ignorancia de mis allegados era tanta, que ya desde muy niño me impresionaba. Yo habÃa leÃdo con apasionamiento los Cuentos de la Alhambra, de Washington Irving; entonces debÃa tener unos nueve años y me extrañaba que los rancheros ignorasen en absoluto la existencia de aquella obra. Por último, llegué a la conclusión de que la ignorancia era algo propio de la vida rural; algo me insinuaba que no debÃa ser tan espesa en las ciudades.
