Antes de Adán
Antes de Adán En cierta ocasión vino a nuestro rancho un hombre de la ciudad. Sus zapatos eran elegantes y vestÃa con refinamiento. Yo estaba entusiasmado al pensar que llegaba el momento en que podrÃa cambiar impresiones con alguien un poco cultivado. Con los ladrillos de una chimenea derruida, me habÃa hecho una pequeña Alhambra privada, con sus torres, sus patios, sus miradores y demás detalles. Al menos, no habÃa olvidado colocar letreros escritos con yeso que indicaban su existencia y su emplazamiento. Tomé a mi hombre y le conduje allÃ, para asaltarle a preguntas sobre la Alhambra real. Pero entonces me convencà de que el ciudadano, a fin de cuentas, era tan ignorante como los rancheros, mis conocidos.
Tuve que consolarme pensando que en el Mundo no habÃa más que dos personas que supieran un poco dónde les apretaba el zapato: y estas personas éramos Washington Irving y yo...
Mi biblioteca se completaba con ciertas novelas de poca importancia, que yo pedÃa prestadas, e interminables folletines sentimentales, que encantaban a los braceros con sus narraciones sobre las desgracias de modistillas pobres y buenas.
