Antes de Adán

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Capítulo IV

Lo que más me desorienta de estas mis memorias prehistóricas es la impresión del elemento tiempo. No siempre me es posible conocer la prioridad de los acontecimientos, ni puedo precisar si entre unos y otros han transcurrido uno, dos, o cinco años, más o menos. Únicamente puedo medir el paso de los años juzgando el camino de aspecto y continuidad de mis semejantes.

También puedo valerme de aplicar a los acontecimientos la lógica natural. Por ejemplo, no cabe duda de que mi madre y yo huimos entre los árboles, alejándonos de los jabalíes, y esto fue antes de que conociera yo a Oreja Caída, mi verdadero compañero de infancia. También es igualmente cierto que debí abandonar a mi madre en el tiempo transcurrido entre ambos períodos.

No tengo otro recuerdo de mi padre que el que acabo de ofreceros. Nunca volvió a aparecer en los siguientes años; y a mi juicio, la única explicación posible es que debió perecer poco después de nuestra aventura. No puede sostenerse que fuera otro su desdichado fin. Estaba aún en pleno vigor, y sólo una muerte violenta y repentina pudo arrebatarlo. Pero ignoro cómo sucedió; acaso se ahogaría en el río; tal vez lo devorara una serpiente, o quizás fuera a parar al estómago del viejo tigre Diente de Sable.


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