Antes de Adán

Antes de Adán

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¡Oh, creedme! Éramos los seres más simples del Mundo. Pero sabíamos hacer una porción de cosas, hoy ignoradas. Podíamos mover a voluntad nuestras orejas, aguzarlas y aplanarlas. Sabíamos rascarnos la espalda con la mayor facilidad del Mundo y hasta tirar piedras con el pie. Yo lo hice muchas veces. Y lo que es más importante todavía: teniendo rectas las piernas, podía inclinarme hacia adelante, doblándome por la cintura hasta tocar en el suelo, no con las puntas de los dedos, sino con los huesos del codo. Y en cuanto a la caza de nidos de pájaros... ¡sólo quisiera que me hubiera visto algún chico del siglo XX! Pero no creáis que hacíamos colecciones de huevos. Nos los comíamos nada más.

Aún me acuerdo... pero me voy saliendo de mi historia. Os hablaré primero de Oreja Caída y de nuestra amistad. Ya he dicho que en los comienzos de mi vida me separé de mí madre. Acaso fue porque ella, después de la muerte de mi padre, tomó nuevo esposo. Tengo pocos recuerdos de él, y nada agradables por cierto. Era tornadizo, inconstante y malicioso. Aún me aturde su infernal cotorreo. Tenía el alma demasiado inconsecuente para mantener propósitos determinados. Los monos enjaulados evocan en mí su recuerdo. Era un ser simiesco: tal es la mejor descripción que puedo daros de él.


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