Antes de Adán

Antes de Adán

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Me hallaba mirando hacia la boca de las cavernas, cuando me di cuenta de que la Horda me estaba observando. Pronto asomaron las cabezas. Después se llamaban y contestaban entre sí. En la rapidez de la confusión, muchos no se habían metido en sus propias cavernas. Algunos de los más jóvenes se habían refugiado en las ajenas. Las madres no les llamaban por sus nombres, porque esta invención nos era desconocida. Nadie tenía nombre, como ya he dicho. Las madres lanzaban voces lastimeras y anhelantes que sus pequeños reconocían. Así, si mi madre hubiera estado allí y me llamara, hubiera distinguido su voz entre las voces de las mil madres, y también ella hubiera reconocido la mía entre otras mil.

Continuaron durante un rato las llamadas y respuestas; pero todos tenían recelo de salir de las cavernas y descender a la tierra llana. Al fin uno se atrevió a hacerlo. Estaba destinado a desempeñar un gran papel en mi vida, así como yo lo representé en la vida de todos los de la Horda. Era Ojo Bermejo, como le llamaremos en las páginas de esta historia, porque tenía los párpados enrojecidos y los ojos inflamados, lo que le daba un aspecto particular, como si anunciara su terrible salvajismo. Rojo era el color de su alma.



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