Antes de Adán

Antes de Adán

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Parece que, al fin, Ojo Bermejo se dio cuenta de que ningún peligro acechaba. Regresaba de la entrada del barrancal, donde había bajado a beber en el abrevadero. Se acercó hacia donde yo estaba, pero sin mirarme. Prosiguió caminando al azar, hasta que dio de bruces sobre mí, y entonces, sin mediar nada y con increíble rapidez, me soltó en la cabeza un tremendo manotazo. Reculé tambaleándome un buen trecho y caí contra el suelo medio atontado, mientras que se oía un salvaje tumulto de risas y carcajadas ululantes que venían de las cavernas. Era una gran broma, por lo menos en aquellos tiempos, y así lo apreció la Horda con gran alegría.

Así fue como me recibieron en la Horda. Ojo Bermejo no volvió ni siquiera a fijar su atención en mí y me dejó en libertad para llorar y gemir como quisiera. Se acercaron curiosamente algunas mujeres y las reconocí enseguida, por habérmelas encontrado el año anterior cuando mi madre me llevaba a las cañadas donde crecían los avellanos.






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