Antes de Adán

Antes de Adán

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Pronto me dejaron solo, siendo reemplazadas por una docena de curiosos e impertinentes chicuelos. Formaron círculo a mi alrededor y me señalaban con el dedo haciendo gestos, hurgándome y provocándome. Yo estaba asustado y los aguanté al principio; después se apoderó de mí la ira y salté armado de uñas y dientes sobre el más audaz de ellos, que no era otro que Oreja Caída. Le doy este nombre porque sólo podía aguzar una de las orejas. La otra colgaba siempre fláccida y sin movimiento. Algún accidente le habría dañado los músculos, privándole de su uso.

Fuimos el uno contra el otro, como los niños cuando riñen. Nos arañamos y mordimos, nos arrancamos el pelo, forcejeamos y nos tiramos por el suelo. Recuerdo que conseguí echarle una buena presa que me dio la ventaja decidida; pero no gocé mucho tiempo de ella, porque él dobló una pierna y con el pie (o mano trasera) me dio tan terrible golpe, que por poco me destripa. Lo tuve que soltar para salvarme, volviendo de nuevo ambos a la lucha.

Oreja Caída tenía un año más que yo, pero mi rabia era mayor que la de él, y al fin tuvo que confiarse a sus piernas y poner pies en polvorosa. Lo perseguí cruzando la llanura y atravesando después uno de los barrancos que daban al río; Oreja Caída tomó el diagonal del llano y se lanzó en la abierta boca de una cueva.


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