Antes de Adán

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Capítulo VII

Era Diente Mellado otro chicuelo que campaba por cuenta propia. Su madre vivía en las cavernas, pero habían venido después de él otros dos hijos, y se vio expulsado y abandonado a sus propias fuerzas. Habíamos contemplado la escena con no poco regocijo durante varios días anteriores. Diente Mellado no quería irse, y en cuanto su madre se alejaba de la cueva, se escurría él hacia dentro. Cuando al regreso lo encontraba la madre, daba gusto ver cómo se encolerizaba. Casi la mitad de la Horda acostumbraba a quedarse allí para contemplar aquel espectáculo. Primeramente salían de la caverna los gruñidos y chillidos de la madre; después el ruido de la paliza y los alaridos de Diente Mellado, coreados por los otros dos muchachos más pequeños. Y finalmente, como la erupción de un volcán en miniatura, Diente Mellado era lanzado afuera.

Al cabo de varios días quedó terminada definitivamente su expulsión del hogar. En el centro del llano estuvo lamentando su dolor, sin que nadie le hiciera caso, y después de una hora de llanto inútil determinó venirse a vivir con Oreja Caída y conmigo. Era muy pequeña nuestra cueva, pero apretujándose mucho hubo sitio para los tres. Sin embargo, no recuerdo que Diente Mellado estuviera con nosotros más de una noche; así es que debió ocurrirle enseguida el accidente que os voy a referir.


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