Antes de Adán

Antes de Adán

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Sucedió al mediodía. Habíamos comido por la mañana nuestra ración de zanahorias, y luego nos aventuramos por los árboles, despreocupados con nuestros juegos. No puedo explicarme cómo Oreja Caída perdió su recelo habitual: acaso distraído por el juego, como ya he dicho. Habíamos estado mucho rato jugando al escondite entre los árboles. ¡Y vaya un escondite! Saltábamos espacios de tres a cinco metros como si tal cosa. Un salto dejándonos caer desde seis a ocho metros de altura, no tenía para nosotros ninguna importancia. Casi temo deciros los enormes trechos que saltábamos. Cuando nos hicimos más pesados, aprendimos con los años a ser más precavidos en los saltos; pero en aquella edad eran nuestros cuerpos como mimbres y hacíamos con ellos lo que queríamos.

Diente Mellado desplegaba extraordinaria agilidad en estos juegos. Él se quedaba menos veces que ninguno, y en el transcurso del juego encontraba siempre alguna pirueta dificilísima que ni Oreja Caída ni yo éramos capaces de imitar. Para decir la verdad, he de confesar que nos daba miedo intentarlo.





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