Antes de Adán

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Capítulo VIII

Recuerdo muy bien el primer invierno que siguió a mi expulsión del hogar. Durante mis sueños he vuelto a padecer los sufrimientos de sed y los estremecimientos de frío que entonces nos acometían. Oreja Caída y yo nos sentábamos muy juntos, estrechándonos con brazos y piernas, amoratado el rostro y tiritando. Al amanecer era cuando me sentía más entumecido. En aquellas horas heladas dormíamos poco, y esperábamos el despuntar del día, ateridos y desamparados, para reconfortarnos a los rayos del Sol.

Crujía la escarcha bajo nuestros pies cuando salíamos de la caverna. Una mañana descubrimos una capa de hielo sobre las aguas quietas en el remanso del abrevadero. La noticia se extendió por la Horda y todos nos preguntábamos qué pudiera ser aquello. El anciano Marrow-Bone, que era el más viejo de la Horda, no había visto nunca nada semejante. Recuerdo la mirada interrogativa, perpleja y llorosa que brotó de sus ojos al examinar el hielo. Esa mirada llorosa resplandecía en nuestros ojos cuando no comprendíamos algo o cuando sentíamos el aguijón de algún vago e inexpresable deseo. También Ojo Bermejo vino a examinar el hielo. Llegaba aterido y se volvió a mirar hacia el Nordeste, como si quisiera relacionar a los Hombres del Fuego con este último hallazgo.


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