Aurora esplendida
Aurora esplendida La violencia del esfuerzo que hacía provocaba a veces desprendi-mientos de tierra que le obligaba a limpiar de nuevo el terreno. En cierto momento resbaló en una extensión de cincuenta pies por la ladera del cañón; pero al instante se rehacía y, pateando y saltando, volvía h subir, sin detenerse siquiera a tomar aliento. Así llegó a encontrar cuarzo tan endeble como la arcilla y que contenía oro en mayor cantidad: un verdadero tesoro. Calculó que la vena o filón debía cubrir unos cien pies de la ladera. Y hasta subió a la cresta del cañón para ver si daba con el filón superficial; pero luego pensó que podía esperar y volvió hl sitio donde había hecho el hallazgo.
Reanudó el trabajo con la misma impaciencia febril hasta verse precisado a detenerse por el cansancio y con un agudo dolor de riñones, y al enderezarse tenía en las manos un trozo de cuarzo mucho más rico en oro que los anteriores. Al agacharse, gruesas gotas de sudor rociaban el suelo, pasando por sus ojos hasta cegarle. Se enjugó la frente y examinó el oro. Daría unos treinta mil dólares por tonelada, o cincuenta mil, o más, ¿quién podía saberlo? Y mientras miraba el ensueño que tenía en la mano, una visión del futuro cruzó su mente.