Aurora esplendida
Aurora esplendida Su entrada fue espectacular y melodramática; y él lo sabía. Era su vida y la estaba viviendo con toda intensidad. Estaba orgulloso de ello; era para el un gran momento el de su entrada, tras dos mil millas de recorrido, en la sala de la taberna, con sus perros, su indio, su trineo, su correspondencia… Había realizado una hazaña más, que ensalzaría su nombre por todo (Di Yukon… él, Burning Daylight, el rey de los viajeros y de los conductores de perros.
Una profunda emoción se apoderó de el ante el estruendoso recibimiento que le dispensaron, y cuando recorrió con la vista los familiares detalles del Tivoli: el largo bar con sus ringleras de botellas, las mesas de juego, la gigantesca estufa, el pesador con sus balanzas para el oro en polvo, los músicos, las hombres y las mujeres, la Virgen Celia, Nelly, Dan MacDonald, Bettles, Billy Rawlins, Olaf Henderson, Doc Watson, todos ellos.
Todo estaba como lo había dejado, hasta el extremo de que parecía ser el día de su partida. Los sesenta días de incesante marcha a través del blanco desierto se esfumaban,