Aventura

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Ella asintió bajando la mirada prudentemente y permaneció como sumida en graves reflexiones. Sheldon pidió entonces otro filete, no porque tuviese hambre, sino para poder seguir contemplando aquellos dedos finos, fuertes, completamente vírgenes de sortijas, y aquellos brazos que desde el codo asomaban por la manga, firmes, musculosos, para terminar en una muñeca delicada, bien formada, lisa y sin la red venosa que suele anticipar la decadencia de la juventud. Sus dedos eran de bronce, dorados por el sol como vainillas, y completamente infantiles. Sheldon comprendió de repente lo que hasta entonces no había logrado entender. Sí, estaba claro. Anduvo perdido en busca de la clave de aquel misterio tentador, y ahora se lo descubrían aquellos dedos curtidos. No era de extrañar que ella lo hubiese sacado de quicio con tanta frecuencia, cada vez que él se empeñaba en tratarla como a una mujer. En el fondo era solo una niña, en toda la acepción de la palabra; una niña de manos tostadas que se complacían en hacer travesuras; de cuerpo y músculos que pedían el placer de la natación y toda clase de esfuerzos físicos; de espíritu emprendedor, pero que jamás se atrevería a intentar más que hazañas propias de un muchacho de exaltada imaginación, y a quien le gustaba utilizar el rifle y el revólver, llevar el sombrero «Baden Powell», y relacionarse con una «fraternidad» completamente asexual.


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