Aventura
Aventura —Pues que le acompañen mis hombres, al menos —aconsejó ella—. Son buenos tiradores y no le tienen miedo a nada, excepto Utami, que sà teme a los espÃritus.
Tocaron la campana grande, y con la ayuda de cincuenta negros botaron de nuevo la ballenera. Los remeros se colocaron en sus puestos, y Matauare, acompañado de tres tahitianos provistos de rifles y cartucheras, se sentaron en el banquillo posterior, donde Sheldon se colocó al mando del timón.
—Me encantarÃa acompañarles —dijo Joan, en cuanto la embarcación comenzó a moverse.
Sheldon hizo un gesto negativo con la cabeza.
—PodrÃa serle tan útil como cualquier hombre —añadió Joan.
—Su presencia es imprescindible aquà —contestó él—. Los amotinados de Lunga podrÃan aparecer por la costa, y si llegan hasta aquà estando ambos ausentes, la plantación entera estarÃa en peligro. Adiós. Volveremos mañana por la mañana. Son solo doce millas.