Aventura

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De regreso a la hacienda, Joan pasó junto al grupo de negros que, después de poner la embarcación a flote, permanecían en la playa hablando con gestos simiescos sobre los acontecimientos de aquella noche. La dejaron pasar, pero al verse rodeada por aquellas personas fue consciente por primera vez de que estaba indefensa. Eran demasiados contra una mujer, y nada les detendría si deseaban derribarla; pero inmediatamente pensó que al primer grito acudirían Noa Noah y los demás marineros, cada uno de los cuales podría con doce de aquellos negros como mínimo. Al abrir la puerta, se le acercó un trabajador, al que no logró reconocer en medio de la oscuridad.

—¿Quién eres? —preguntó inmediatamente.

—Soy yo, Aroa.

Recordó que era uno de los enfermos que había atendido en el hospital. El otro había muerto.

—Tomé muchas medicinas, muchas —le decía.

—Bien, por eso ya estás bien —respondió ella.

—Pero ahora quiero tabaco, mucho tabaco; quiero indiana, dientes de marsopa… quiero un cinturón.


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