Aventura
Aventura Lo miró fijamente, divertida, esperando que él mostrase una sonrisa, o cualquier gesto; pero no. El negro se mantuvo impertérrito e inescrutable. Sus únicas ropas eran un taparrabos cortÃsimo, un par de cuñas que le atravesaban las orejas y un cerquillo de conchas que recogÃa sus ensortijados cabellos. Su cuerpo parecÃa engrasado y brillante, y en sus ojos se reflejaba la luz de las estrellas como si fuese una alimaña de la selva. Sus compañeros se le habÃan ido acercando, hasta formar a su espalda un muro macizo. Algunos de ellos emitÃan una risita burlona, pero los demás miraban a la mujer con un silencio hermético.
—¡Vaya! —dijo ella—. ¿Y para qué quieres tantas cosas?
—Tomé medicinas —repitió Aroa—. Tú me pagas.
«Vaya una forma de agradecérmelo —pensó Joan—. Después de todo, me parece que Sheldon estaba en lo cierto».
Aroa estaba en pie frente a ella, como un idiota. Se oyó en la distancia el chapoteo de un pez saltador. Las olas murmuraban soñolientas sobre la playa. Surcó el aire la sombra de un pájaro nocturno. Una tenue brisa acarició como un fresco terciopelo las mejillas de la joven. Era el vientecillo de la noche, que comenzaba a soplar.