Aventura

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—María blanca golpeó cabeza —intervino nuevamente el viejo Telepasse—. ¡Verdad! Lo pasarás mal si no pagas.

—Dile a tus hombres que se marchen —dijo Sheldon con creciente enfado—. Que se vayan al infierno. Entonces hablaré contigo.

Sheldon escuchó un crujido en la madera. Supuso que Joan se le acercaba, pero no se atrevió a mirar hacia atrás. Abajo había demasiados rifles que podían dispararse en cualquier momento, y que no esperaban órdenes de nadie.

La madera crujió de nuevo, e inmediatamente la notó a su espalda. Pero ¡qué extraño! Estaba fumando, a pesar de que él nunca la había visto fumar. Entonces comprendió el motivo. De un rápido vistazo vio el paquete que traía en la mano: era el conocido envoltorio de la dinamita, con la mecha adecuadamente cortada y unida a una cerilla de inflamable fósforo.

—Telepasse, viejo canalla, ordena a tus hombres que se marchen a la playa. No estoy bromeando.

—Yo también no bromeo —replicó el jefe—. Quiero que me pagues los golpes de la María blanca en la cabeza de mi hijo.

—Te advierto que si bajo de aquí será tu cabeza la que rompa —amenazó Sheldon, casi saltando la barandilla, como dispuesto a cumplir sus palabras.


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