Aventura
Aventura Él la miró y sonrió, pero su mirada parecÃa perdida, vaga y reflexiva.
—¡Vaya conversación! —dijo Joan—. Anochece, y ustedes habla que te habla; amanece, y lo mismo otra vez. ¿Para qué tanta charla?
—¡Oh! Nada importante —respondió él, encogiéndose de hombros—. QuerÃan comprar Beranda, solo eso.
La joven le miró desafiante.
—Debe de ser algo más que eso. Usted mismo me dijo que querÃa venderla.
—Se equivoca, Joan; nada más lejos de mi intención.
—Dejemos de esconder la verdad, y hablemos claramente. Usted parece triste; no soy tan tonta como para no darme cuenta. DÃgame qué ocurre. Además, puede que consiga ayudarle…, quizá con algún consejo.
Permanecieron en silencio durante un rato, en el cual el hombre pareció meditar sobre aquellas palabras, no en si deberÃa decirlo todo, sino en la mejor forma de empezar a decirlo.
—Usted ya sabe que soy norteamericana —prosiguió Joan—, y nosotros hemos heredado un enorme sentido para los negocios. Es algo que no me enorgullece, pero que sé que tengo…, por lo menos en mayor medida que usted. Hablemos del asunto y busquemos una solución. ¿Cuánto debe?