Aventura

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—Doscientos trabajadores, a seis libras por año, dan tres mil seiscientas libras. Este es el mayor gasto.

—¡Dieciocho mil dólares por este hatajo de caníbales! —exclamó ella haciendo un cálculo rápido—. Pero al menos la hacienda se mantendría en pie. Podría viajar a Sydney en busca de ese dinero.

Él negó con la cabeza.

—Es imposible convencer a nadie de que venga a la plantación. Todos desconfían y no sueltan ni un céntimo. Y a mí me dolería en el alma tener que dejar la plantación; más por la memoria de Hugo que por mí mismo: se lo juro. Él era un idealista, un hombre de gran empuje, que no podía ni oír hablar de la idea de rendirse. Solo de pensarlo me da una rabia infinita. Con el tiempo fueron aumentando nuestras deudas; pero con la Jessie pensábamos saldarlas poco a poco.

—Vaya pareja de burros. Pero tampoco es necesario que cierre el trato con Morgan y Raff. Me iré a Sydney con el primer vapor, y ya me las arreglaré para conseguir allí un barco, que aquí es imprescindible.

Sheldon levantó una mano en señal de protesta, pero Joan la apartó y prosiguió:


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