Aventura

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—No es usted tan bobo, después de todo —afirmó Joan.

—Nos ha convencido a ambos —reconoció Tudor—, pero no lo habría conseguido de no haber roto las leyes de toda educación.

—¿De qué forma?

—Al hablar sobre ella.

Joan mostró su aprobación aplaudiendo, y Tudor encendió otro cigarrillo, mientras Sheldon permanecía callado e imperturbable.

—Ahora sí que le han pillado —comentó Joan—. ¿Por qué no responde?

—Porque realmente no tengo nada que responder. Mi posición permanece intocable —afirmó Sheldon—, y eso por sí solo me resulta agradable.

—Podría usted decir —señaló la muchacha— que cuando una persona madura está entre críos le resulta necesario rebajarse para que se la entienda. Por eso quebrantó usted las leyes de toda educación. Porque era la única forma de que nosotros, los niños, le entendiésemos.

—Se ha pasado usted al otro bando en el fragor de la batalla, señorita Lackland —acusó Tudor con tono lastimero.

Pero ella no le oía. Miraba atentamente en dirección al mar. Los hombres siguieron su mirada y vieron a lo lejos una luz opaca y las velas de una embarcación.


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