Aventura
Aventura Sheldon no contestó una palabra, y Joan se le quedó mirando. A la luz de la linterna resaltaban las lÃneas de su rostro, firmes, severas, duras; su boca tenÃa más temple, y era más recia y enérgica que la de Tudor. Por primera vez reparó en aquella fuerza tranquila, reposada, y en la integridad de aquel carácter sosegado e inquebrantable. Después miró a Tudor, al otro lado. Su rostro era delicado, de los que agradan a primera vista; pero aquella boca no le gustaba. ParecÃa hecha para besar, y ella odiaba los besos. No se trataba de prejuicios, sino de una idea que la habÃa ido dominando progresivamente, y que ahora le producÃa repugnancia y asco. Le brotaron también dudas sobre aquel sujeto. Puede que Sheldon lo hubiese juzgado con justicia. Pero no estaba segura, ni tampoco le importaba demasiado, porque las embarcaciones y todo lo que se deslizaba por el mar le interesaba mucho más que cualquier hombre, y lo olvidó todo inmediatamente para concentrar su atención en las velas, levemente iluminadas por la linterna que se balanceaba colgada de la borda, y en el golpe seco de los remos sobre las chumaceras, cada vez que se hundÃan en el agua con un chapoteo. Su vista, habituada a la oscuridad, fue distinguiendo las formas de los negros que se movÃan rÃtmicamente en los remos, y en el puente imaginó al patrón que mandaba el navÃo hacia el fondeadero, calculando las engañosas distancias en medio de la noche, sintiendo en sus mejillas la primera brisa terrestre que se levantaba en aquella hora, sopesando y estudiando todas las circunstancias contra las cuales, a través de las cuales o a pesar de las cuales lograba el equilibrio de la embarcación.