Aventura

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—Enseguida. Apenas llegué con el Flibberty, y cuando ni siquiera había echado el ancla, me salió al paso el bote de miss Lackland, acompañada por su cuadrilla de tahitianos…, ese enorme Adamu Adam y los demás. «No arroje el ancla, capitán Oleson —me gritó en la distancia—. Necesito que prosiga viaje hasta Poonga-Poonga». Pensé que estaba borracha; ¿qué otra cosa podía pensar? En aquel momento yo estaba sorteando los bajíos…, un lugar complicado…, arriando las velas y deteniendo la goleta; de modo que le dije: «Perdóneme, miss Lackland», y al instante grité: «¡Suelten!». «Si me hubiese hecho caso se podía haber evitado esta molestia —dijo, reclinándose sobre el agua para ver cómo se sumergía la primera cadena—. Hay quince brazas de profundidad. Ya está mandando a sus hombres que la icen de nuevo». Pero no le hicimos caso, entre otras cosas porque no nos creíamos eso de la sociedad. ¿Quién se podía imaginar que la había aceptado usted como socia? Entonces le dije que necesitaba pruebas. Me hizo frente, y terminé ordenando que se alejase del Flibberty. «Capitán Oleson —me dijo entonces con gran amabilidad—, me gustaría hablar con usted solamente unos minutos, y a bordo de la Emily tenemos un whisky excelente. Venga conmigo. Además, necesito su consejo respecto al problema de la goleta encallada. Todos dicen que para estos asuntos usted es único…». ¡Único! ¿Qué le parece? Y, como puede suponer, bajé hasta su bote, que se puso en marcha inmediatamente, dirigido por Adamu Adam con más ceremonia que si lo llevase a un entierro.


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