Aventura
Aventura —Lo es, en efecto —afirmó Sheldon.
—¿Quién podÃa creerlo? —exclamó el viejo lobo de mar—. He visto las cosas más sorprendentes en estas islas: ratas de dos pies de largo, mariposas que cazó el comisario con su rifle, adornos en las orejas que avergonzarÃan al diablo y cazadores de cabezas al lado de los cuales el demonio parecerÃa un ángel. Ya casi me he habituado a todo esto; pero esa muchacha…
—Miss Lackland es mi socia, y también es copropietaria de Beranda —interrumpió Sheldon.
—Eso fue lo que dijo, aunque no tenÃa documentos que lo demostrasen —aseguró el capitán—. ¿Cómo podÃa creerla? Y encima aquel cargamento de marfil vegetal…, ocho toneladas.
—Por amor de Dios, le ruego que comience por el principio…
—Y después contrata a aquellos tres rufianes, la peor canalla, que está acabando con estas islas…, y los contrata por quince libras mensuales a cada uno… ¿Qué le parece? ¡Marcharse con ellos! ¡Puaj!… PodrÃa usted ofrecerme un trago. El misionero no debe ofenderse. Hace cuatro dÃas que me tiene en sus garras abstemias, y me estoy muriendo.
Sheldon llamó a Viaburi para que trajese whisky, y en cuanto el marino hubo bebido, le preguntó:
—¿Quiere contarme tranquilamente todo lo que ha pasado?