Aventura
Aventura »En el camarote de la Emily se encontraban esos tres bribones borrachos…, ya los conoce usted… Fowler, Curtis, y ese sujeto llamado Brahms. “Una copita”, ofreció miss Lackland. Pensé que ellos se habían sorprendido cuando ella abrió el armario de las botellas y mandó a uno de sus negros por vasos y agua. Pero debía de haberles explicado todo, y sabían muy bien lo que tenían que hacer. “Perdónenme un minuto —se excusó miss Lackland—, pero tengo que ir a cubierta. Es solo un instante”. Pero el minuto se transformó en media hora. Yo llevaba diez días sin beber, y como ya soy algo viejo la fiebre me había debilitado mucho. Además tenía la barriga vacía, y estaba rodeado por tres borrachos empedernidos que, mientras intentaban convencerme de que llevara el Flibberty a Poonga-Poonga, reforzaban sus argumentos con brindis y más brindis, y aunque yo no soy lo que se llama un borracho, me encontraba tan débil por la enfermedad…
»En fin; después de media hora apareció miss Lackland, y tras echarme una mirada de soslayo, recuerdo que dijo: “Muy bien; ya veo que todo va viento en popa”. Y sin decir nada más, recogió las botellas y, dirigiéndose a aquellos tres rufianes, les advirtió: “Se acabó eso de beber hasta que hayamos reflotado la Martha y nos encontremos en Guvutu. Allí tendrán tiempo de sobra para vaciar botellas”, y comenzó a reír.