Aventura

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A las once de la mañana, Sheldon mandó convocar a todos los trabajadores en el patio. Acudieron hasta los que trabajaban en el hospital; no faltaron ni las mujeres ni los mozalbetes de la plantación; unas doscientas personas en total, desnudas, esperando órdenes. Todos portaban consigo sus habituales adornos: cuentas, conchas y huesos; las orejas y narices de muchos de ellos mostraban imperdibles, clavos, peinetas de metal, llaves para abrir las latas de conserva e incluso mangos de utensilios de cocina. Otros llevaban cortaplumas prendidos en los bucles, como el que los lleva en un bolsillo. Del pescuezo de uno de ellos colgaba el pomo de una puerta; del cuello de otro, la rueda de un despertador.

El hombre blanco miraba a su gente, recostado contra la barandilla. Cualquiera podría abatirlo de un solo golpe. Sin el temor que inspiraban las armas de fuego, aquella horda de salvajes se habría abalanzado sobre él, apoderándose de su cabeza y adueñándose de la plantación. A todos les sobraba rencor, pero les faltaba lo que tenía el enemigo: el fuego del poder, que nunca se extinguía y que ardía con la misma fuerza de siempre en aquel hombre acabado por la enfermedad, pero todavía capaz de enfurecerse y de abrasarlos con su ira.

—¡Narada! ¡Billy! —gritó Sheldon autoritario.


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