Aventura
Aventura Se quedó absorto examinando el nombre: Joan Lackland. Apenas unas cuantas letras vulgares y corrientes, pero que tenÃan la virtud de un hechizo; se metÃan hasta lo más profundo de su cerebro y se enredaban entre sus pensamientos con un envolvente sentimiento lleno de amor hacia aquella firma. Letras vulgares, sÃ, pero que abrÃan en él una herida por la que manaba una corriente espiritual de exquisitos anhelos. ¡Joan Lackland! ¡Gran Dios! Cada vez que posaba sus ojos en aquel nombre se le aparecÃa de mil formas diferentes: luchando contra el vendaval que la arrastraba al naufragio; bogando al mando de una barca pesquera; saliendo del mar con sus ropas caladas por la lluvia y con sus cabellos entregados al viento; imponiéndose a una multitud de canÃbales; enseñando a Ornfiri a cocinar; colgando su sombrero y su cinturón en el clavo de la sala; hablando de su aventura de conquistar el mundo, riendo feliz, con los ojos brillantes y su rostro juvenil enrojecido de entusiasmo. ¡Joan Lackland! SentÃa por ella una admiración que habÃa estado escondida hasta que los secretos del amor se manifestaron claramente, y le brotó una fuente de simpatÃa hacia los enamorados que graban sus nombres en el tronco de cualquier árbol, o los escriben en la arena de la playa.