Aventura
Aventura A Sheldon aquellas palabras le sentaron como una bofetada en la cara. Le dolía que fuese cierta aquella acusación, y al mismo tiempo le dolía que pudiese ser injusta, y el gesto de satisfacción que puso la mujer al ver que había puesto el dedo en la llaga le decidió.
—El asunto no es tan simple como le parece. Antes de que usted apareciese, yo vivía tranquilo, en Beranda. Al menos no tenía que pasar por la humillación de verme acusado de lo que me acaba de acusar. Recuerde que yo no la invité a venir, ni tampoco a quedarse. Al quedarse, fue usted misma la que se situó en una posición delicada, porque su permanencia la convertía en objeto de deseo. Usted sería la única culpable de todo esto, ya que yo no quería que se quedase en su día, simplemente porque no me atraía. Hubiese preferido que se fuese a Sydney, o que regresara a Hawai. Pero usted se empeñó en permanecer aquí. Usted, realmente…
Buscó alguna palabra menos dura que la que tenía en la punta de la lengua, y ella, interrumpiéndole, con las mejillas enrojecidas se la arrancó:
—Fui quien le obligó. ¿Es eso lo que iba a decir? Prosiga, no tenga miedo de ofenderme.