Aventura

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En aquella terrible situación, los rostros negros desencajados se le quedaron grabados para siempre. Uno de aquellos sujetos era un viejo, con las orejas rasgadas, cuyos lóbulos estaban tan estirados que le llegaban hasta los hombros; otro tenía la característica nariz aplastada de los negros africanos, y sus ojos se hallaban tan enterrados bajo el matorral de sus cejas que apenas podían verse los reflejos amarillentos de sus córneas; otro tenía unos labios gruesos y duros, rodeados por una espesa y enmarañada barba; y finalmente estaba Gogoomy —nunca se había dado cuenta de lo hermoso que era aquel joven en su rebeldía y testarudez salvaje. Tenía cierto aire de liderazgo que le diferenciaba de los otros. Las líneas de sus facciones eran más contorneadas, de piel lisa, bien engrasada y completamente despejada de cualquier impureza. Le colgaba del cuello, adornado con una simple ristra de dientes de marsopa, un rosario de conchas opalinas simétricamente unidas, de menor a mayor, y que le llegaba hasta el pecho. Una cinta de conchas blancas le ceñía la frente y de entre su rizado cabello surgía una pluma. Por encima de una de sus pantorrillas llevaba, como si fuese una liga, una serie de abalorios blancos de sorprendente delicadeza. Una cuerda muy apretada le rodeaba la cintura, completando su vestuario—. Se fijó también en un anciano de frente y rostro arrugados, que se agachaba y movía, gesticulando de la misma forma que había visto hacer a algunas monas.


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