Aventura

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Todos se levantaron sorprendidos, separándose, y Joan comprobó asombrada que eran doce. Al percibir sus rostros alterados y ver que cada uno empuñaba una pesada cuchilla de dos pies de filo, se dio cuenta de que había hecho una tontería. Si hubiera llevado consigo el revólver, no habría tenido nada que temer; pero había salido de casa completamente desarmada, y pudo advertir en la brillante mirada de Gogoomy la satisfacción de comprobar que no llevaba aquel temible revólver.

Lo primero a que debe acostumbrarse cualquier amo blanco en las Islas Salomón es a no reflejar el miedo frente a los indígenas, y eso fue precisamente lo que Joan intentó hacer.

—Estáis hablando demasiado, muchachos —les regañó—. Mucho hablar y poco trabajar.

Gogoomy no dijo nada, pero lentamente adelantó un pie. Los demás negros fueron cerrando filas frente a ella, formando un abanico, con sus horribles cuchillos en alto, preparados para todo.

—¡A trabajar, ahora mismo! —gritó Joan—. ¡Poneos a cortar hierba!

Gogoomy dio un paso más. Joan calculó la distancia. No podría girarse con su montura sin correr el riesgo de que la atacaran por la espalda.


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