Aventura

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Sheldon llamó a un capataz y le mandó que le trajese a diez trabajadores de Poonga-Poonga; los más fornidos, y de mayor estatura y corpulencia.

—No quiero hombres de la costa —dijo—, sino de las montañas; que tengan las piernas fuertes. Tampoco quiero a nadie que no sepa utilizar el mosquete.

Poco más tarde subían hasta la galería y se alineaban bajo las lamparillas diez hombres fuertes, cuyas musculosas pantorrillas mostraban al montañés habituado a las marchas por terrenos escarpados. Todos estaban acostumbrados a la lucha contra los matorrales, y muchos lucían cicatrices de bala o de flechas. No podían esconder la salvaje alegría que les causaba aquella ocasión de romper la monotonía de su trabajo en la plantación, para formar parte de una expedición como aquella. Matar era su vicio más acusado, por inclinación natural, y no dedicarse a cortar árboles y segar hierba. Lo cierto es que por sí solos no se habrían adentrado en las erizadas vertientes de Guadalcanal; pero en compañía del amo blanco y de una mujer como Joan solo podían esperar que aquella expedición tuviese el mayor de los éxitos. Además, el jefe blanco les había prometido la presencia de ocho enormes tahitianos.


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