Aventura

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El horror de Joan era indescriptible. Los negros de Poonga-Poonga, en cuanto vieron la cabeza, comenzaron a reír estrepitosamente. El destino de Gogoomy les divertía. En su intento de huida, había terminado cayendo en una trampa, perdiendo el juego. ¿Qué entretenimiento podía ser más placentero para ellos que aquel en el que unos bosquimanos terminaban por comerse a un hombre? Llevaban días sin oír nada parecido, a pesar de que algo semejante no era nada sorprendente para ellos. Gogoomy, como cualquier natural de la jungla, había vivido su vida cortando cabezas y perdiendo la suya, comiéndose hombres y convirtiéndose finalmente en comida.

Finalmente los salvajes pararon de reír, contemplando el macabro espectáculo con ojos brillantes y expresión glotona. Los tahitianos estaban impresionados, y Adamu Adam movía lentamente la cabeza, mascullando frases de disgusto. Joan estaba furiosa, pálida, como si tuviese una rosa roja en cada mejilla. Al disgusto había seguido la ira, y su gesto era el de una diosa vengadora. Sheldon comenzó a reír y dijo:

—No tiene por qué enfadarse. No olvide que fue él quien le cortó la cabeza a Kwaque, y se comió a uno de sus compañeros fugitivos. Solo ha recibido su merecido: le han comido de la misma forma que él comió a otros.

Joan le miró, y sus labios temblaron como si fuese a decir algo.


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