Aventura

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—Fijaos en que estén todos —gritó desde el exterior. Sheldon se encargó de la desagradable tarea de contar las cabezas. Estaban las cabezas de los nueve blancos que había conocido cuando acamparon en el patio de su casa de Beranda. Charley le ayudó a identificarlos, dándoles vueltas y mostrando las señales de los hachazos. Para los de Poonga-Poonga, aquel espectáculo no tenía nada de extraordinario, mientras que los indígenas tahitianos mostraban la repugnancia de siempre, con sus murmullos de protesta e indignación. Matapuu, no pudiendo dominar su rabia, se lanzó de un salto sobre el viejo salvaje, y lo derribó de una patada en las costillas. El viejo lanzó un grito en demanda de auxilio, y cayó de bruces sobre las cenizas, donde se quedó temblando, esperando que lo rematasen.

Encontraron otras cabezas, perfectamente desecadas al sol o ahumadas. Todas, excepto dos, pertenecían a blancos. Sheldon supuso que se trataba de dos jefes de tribus rivales. La atmósfera allí dentro era capaz de acabar con la salud más férrea, a pesar de lo cual se decidió a esperar mientras Charley continuaba buscando.

—He visto mujer negra, he visto mujer blanca —dijo el indígena—, pero no conozco esta cabeza. ¿Cómo se llama?


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