Aventura
Aventura En el centro, sentado en cuclillas frente a una hoguera que humeaba sobre las cenizas de miles de fuegos apagados, un hombre miraba, imperturbable, a los intrusos. Era tan anciano, que su arrugada piel le caía formando pliegues; sus manos parecían garfios de hueso, y su cabeza semejaba una enorme calavera. Su misión debía de ser la de conservar vivo el fuego, porque mientras observaba a los recién llegados no paraba de echar más leña al fuego. Sobre la columna de humo, los expedicionarios encontraron las cabezas que buscaban. Joan, incapaz de soportar aquella visión, salió arrastrándose, tan rápido como se lo permitieron sus piernas, y buscó ansiosamente algo de aire y de luz para no morirse.