Aventura
Aventura A pesar de todo, el arraigado espíritu de hospitalidad que tenía Sheldon le impedía la menor alusión a su huésped, por la cual este pudiese comprender que había llegado la hora de irse. Esa misma delicadeza le impidió cualquier tentación de avisar a Joan, ya que él era como un intruso en medio de su juego. Aunque hubiese notado una falta que hubiese supuesto un descrédito para su adversario, se habría resistido a utilizarla para beneficio propio. Lo peor es que ni siquiera existían aquellas faltas. Su posición llegaba a resultar tan desventajosa que a veces se sentía relegado y humillado, e intentaba sobreponerse pensando que la antipatía que le inspiraba Tudor obedecía a sus estúpidos celos y prejuicios.
Exteriormente, Sheldon se mostraba tranquilo y alegre. El trabajo continuaba sin descanso. La Martha y el Flibberty-Gibbet iban y venían, como muchas otras goletas que recalaban en Beranda en espera de vientos favorables, y cuyos capitanes aparecían por allí para tomar un trago o jugar una partida de billar. Satanás se había perfeccionado en su habilidad para alejar a todos los negros del patio de la casa. Boucher seguía visitándole todos los domingos. Un par de veces al día se reunían Sheldon, Joan y Tudor: para almorzar y cenar, y pasaban muchas tardes en la galería, como buenos amigos.