Aventura
Aventura —Amo —advirtió uno de ellos—, se nos acerca un viento muy fuerte.
Sheldon afirmó con la cabeza, sin decir nada. Por mucho que hubiese apreciado a Hugo Drummond, su muerte y el funeral que llevaba consigo le parecÃan una tarea insoportable para añadirla al peso que ya le mantenÃa abatido. TenÃa la impresión de que en cuanto cerrase los ojos y se entregase morirÃa, sumergiéndose en una paz completa. Se encontraba tan mal que solo se mantenÃa en pie forzando su propia determinación. Su cuerpo agotado parecÃa deshacerse. Era una locura seguir apegándose a la materia. HabÃa pasado por toda clase de muertes terribles. ¿De qué le servirÃa pasar por otras tantas muertes antes de claudicar ante la auténtica y definitiva? La flaccidez de su carne y el cansancio de su espÃritu suplicaban por esa muerte final. ¿Por qué, entonces, la llama de su vida no terminaba de extinguirse por completo?
Pero todavÃa le quedaba la inteligencia, capaz de dirimir entre la vida y la muerte. Vio cómo llegaban hasta la playa dos barcas, cargadas con camillas repletas de enfermos, que se quejaban y gemÃan en siniestra procesión. Vio cómo el viento hinchaba las nubes en el tormentoso horizonte, y pensó en sus pacientes del hospital. SÃ; todavÃa le quedaban muchas cosas por hacer, y él no era del tipo de persona que se entrega cuando todavÃa le queda una tarea por delante.