Aventura

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—Capitán —le interrumpió Sheldon, en un tono que mostraba arrepentimiento por su arrebato—, si le resulta posible desembarcar mañana, acérquese a echar un vistazo. Si no le es posible, mande al piloto.

—Vendré yo mismo. Y ahora que lo dice, ¡qué mala memoria tengo! Mr. Johnson falleció… no me he acordado de decírselo…, murió hace tres días.

Sheldon vio al capitán de la Jessie, que se alejaba agitando los brazos y lanzando maldiciones, mientras suplicaba al cielo que hundiese las islas Salomón. Después se entretuvo contemplando el rítmico balanceo del bote sobre el estático cristal del Océano, y algo más lejos, hacia el Noroeste, los negros nubarrones que se iban concentrando en altísimas montañas sobre la isla de Florida. Entonces regresó junto al lecho de su socio y mandó que lo llevaran al interior de la casa. Pero Hugo Drummond ya había muerto. Sheldon se arrodilló junto al difunto, y los criados se agolparon alrededor, ofreciendo la escena un cuadro pintoresco de piadosa composición, con los simples taparrabos blancos en contraste con su piel negra, y sus brillantes adornos grotescamente tallados, atravesándoles narices y orejas. Sheldon se levantó temblorosamente y se recostó en la silla. El pesado ambiente oprimía los pechos como nunca, haciendo angustiosa la respiración. David Sheldon jadeaba en busca de aire. Los criados mostraban su rostro y sus brazos bañados en sudor.


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