Aventura
Aventura Durante la lectura de la misa de difuntos, los negros se inquietaban y murmuraban entre ellos, contemplando la negrura que se adueñaba del horizonte, sobre el que flotaban terribles nubarrones. La primera brisa, leve como una pluma y reconfortante como un tonificante, acarició la ardiente carne de Sheldon cuando concluía la última oración. Inmediatamente sopló con mayor violencia una ráfaga de aire. Las palas trabajaban sin descanso rellenando la tumba. El viento llegaba ahora con tanta fuerza que Sheldon, todavía de pie, tuvo que agarrarse con mayor fuerza a su «caballo» para no caer. La Jessie desapareció como si alguien hubiese corrido un telón delante de ella, y se produjo un estrépito tan espantoso, como si toda la playa se transformase repentinamente en una caldera hirviente. De todas partes llegaba el golpe seco de los cocos que caían de las palmeras. Los soberbios y finos troncos de los cocoteros se estremecían, sacudidos como látigos; las alturas se veían surcadas por hojas de palma arrancadas y zarandeadas durante muchos minutos, a pesar de su peso. Y entonces llegó la lluvia. Fue como un diluvio: un formidable aguacero, un río caudaloso que se vería horizontalmente, desafiando las leyes de la gravedad. El negro que cargaba con Sheldon se inclinaba hacia adelante, ahogado por la presión que ejercía el jinete sobre su cuello, y por el esfuerzo que tenía que realizar para mantenerse en equilibrio.