Aventura
Aventura —Que descanse en la tranquilidad de una noche eterna —rezó Sheldon, con el pensamiento en el difunto y la mirada en la lluvia que desordenaba el barro de la tumba.
Todos se alejaron de la playa, intentando ayudar al blanco a mantenerse en pie, incluso quienes deseaban verlo caer por tierra indefenso para despedazarlo sin piedad. Pero la pistola que colgaba de la cartuchera y que con su simple voluntad vomitaba el fuego mortÃfero de la muerte instantánea, y la propia serenidad con que aquel hombre arrostraba el desafÃo de tantos enemigos, les infundÃa respeto y los hacÃa diligentes en esa tarea de retirar a su amo de la tormenta.
TodavÃa calado por el agua, y agotado, no dejó de sorprenderle la rapidez con la que se cambió de ropa. Su fragilidad no podÃa ser mayor, pero se sentÃa bien, como si el mal hubiese desaparecido.
«Si la fiebre se hubiese ido…», se dijo esperanzado. Y decidió tomar una dosis de quinina tan fuerte como le permitió la prudencia.