Aventura

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Se arrastró hasta la galería. Se había detenido el chaparrón, pero arreciaba el viento, hinchando el mar, cuyas olas llegaban a la costa como muros de mármol que se hacían trizas con estruendo entre las rocas. La Jessie, zarandeada entre las cadenas de sus anclas, exhibía a cada instante el costillar de la proa, infundiendo espanto. Dos flámulas se desplegaban en la driza, tiesas como hojas de metal. Una era azul, y la otra roja. En el lenguaje convencional y simbólico característico de Beranda, aquella señal quería decir: «¿Qué se me ordena? ¿Puedo acercarme en un bote?». Era lo que preguntaba el capitán. Al lado de la mesa de billar se encontraba el cuadro de señales, que Sheldon examinó antes de responder. Un joven levantó hasta el extremo de la arboladura de tierra un lienzo blanco sobre otro rojo, que quería decir: «Busca amparo en la isla de Neal».

El capitán esperaba aquella respuesta, a juzgar por la rapidez con que recogieron las anclas, dejándolas a flor de agua para tenerlas preparadas. Se movió la goleta impulsada por la vela del estay, se hincharon las demás arrizando, y la nave cobró movimiento y se alejó rápida, atravesando a media vela el bajío de Balesuna para evitar cualquier tropiezo; pero apenas había sorteado aquel paso, un horrible diluvio pareció devorar la nave, que se perdió de vista.


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